157 de 365 / Un tú

Inicié este año escribiendo para un tú. Sí, sobre mí para un tú, ¿qué le vamos a hacer? Es, según esto, lo que creo conocer mejor, aunque no dejo de atestiguar lo diferente y, a la vez, lo “misma” que soy.
 
Poquísimas veces he escrito para un tú en mi vida. En estos últimos tres años solo ha sucedido dos veces. La primera, obtuve un silencio persistente y yo ¡necia!… Me costó trabajo aceptar y retirarme; lastimada, desde luego, cosa que en última instancia admito como mi responsabilidad y reconozco como un aprendizaje que debía adquirir… o no habría sucedido.
 
Esta vez, he obtenido respuesta, escasa, es cierto, pero ha habido un “aquí estoy” sostenido, a pesar del extrañamiento por la “manera en que funciona mi cerebro” y por la cantidad de preguntas que me hago continuamente.
 
Para ser sincera, yo creí que todos los cerebros funcionaban más o menos igual, al parecer no es así; sin embargo, creo que en este caso, el meollo no es tanto cómo funciona el cerebro, sino en qué enfoca su atención y cómo resuelve o se resuelve.
 
La experiencia ha sido de ¡vértigo!, por lo menos para mí, y de aprender y resolver cantidad de temas que tenía pendientes y que venía postergando; algunos de ellos, si no es que todos, de gran importancia para mí.
 
Para empezar, me ha sorprendido lo que puede significar una persona y esta, en particular, me ha reflejado mis luces y sombras, lo mejor y lo peor de mí. Ha sido un espejo en el que me he visto a mí misma: lo que pienso y siento, mis historias y artimañas y, por los años que tenemos de amistad, me ha llevado de viaje a través de mi tiempo, pues ha representado lo que fue importante para mí hace muchos años y que yo no sabía cómo integrar en el presente, es más ni siquiera sabía si quería hacerlo; lo que es importante en el presente y lo que muy probablemente será importante para mí en el futuro.
 
Aprendí como se aprende sobre uno mismo, por las buenas y las no tan buenas, con gracia y facilidad y a tropezones. Igual que aquella vez, me costó mucho trabajo retirarme, no, me costó mucho trabajo soltar lo que tenía aferrado. Lo sufrí, es verdad, hasta que un día, súbitamente, todo se acomodó en mi mente y corazón; volví a sentir mi corona de reina arquetípica y mis alas y entonces, ¡por fin!, pude volar, pude irme sin retirarme. Me liberé y dejé en libertad. Así supe que la misión de estos meses había sido cumplida.
 
Con amor y gratitud,
Judith 🌷
Photo by Doug Kelley on Unsplash

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