148 de 365 / Eres una chulada de mujer

Si un rey se dirige a una reina están de igual a igual, pero si es un emperador, la cosa cambia.

Cuando se trata de palabras, me resuelvo cada vez con más facilidad, bueno, por escrito preferiblemente, porque la Judith que se expresa oralmente y la que escribe todavía no encuentran el cable que las une, para que una tenga la lucidez, desenvoltura y acierto de la otra, pero cuando se trata de emociones y de permitirse sentirlas, vibrar con ellas y expresarlas, es otra cosa, ni una ni otra.

Él está allá arriba en su trono y ella en el suyo, pero algo más abajo. ¿Dónde quedó todo lo tan penosa y bellamente construido?, se preguntó la reina que ya empezaba a convertirse en anguila de esas que abundan en aguas pantanosas y apestosas. ¿Cómo es que me llegó el mensaje desde allá arriba? ¿Cómo voy a asimilarlo?

Justo en el momento en que necesito expresar mis emociones, sentirlas y vibrarlas aparecen mis compañeras de camino y, como siempre, me contienen (voy comprendiendo lo que es esto) en abrazos disfrazados de risas, en caricias ocultas en las palabras que no quieres escuchar.

Incomprensiblemente, ambos siguen en su trono.

Se expresa todo en un torrente de palabras acompañadas con chocolate y pan: las emociones, lo que evito confesarme a mí misma, lo que ellas ven y yo no, la reina y la anguila. Todo lo que estoy proyectando en el mensaje. Mi resistencia a bajarme del trono al que francamente me estoy aferrando antes de que me devore el pantano.

Solo el emperador sigue ahí.

¿Y qué pasa si te conviertes en anguila de aguas pantanosas y apestosas? ¿Qué pasa si te permites descomponerte? ¿Qué pasa si sucede lo que temes? ¿Qué pasa si aceptas que eres una controladora? (esas amigas no se guardan nada, caray) ¿Qué pasa si te quedas en el aquí y ahora? ¿Qué pasa si aguzas el oído y escuchas la voz de tus ancestros: recuerda que eres el resultado del amor de miles?

La reina está nuevamente en su trono. Pero ahora se ríe pícara. Recordó lo que significa ser una reina: no es la perfección, no es el control de las circunstancias, no es la sanación absoluta de todo lo que vive, es el reconocimiento amoroso de su fortaleza y de su fragilidad, de su poder y de su vulnerabilidad. Es el valor de mirarse a sí misma y de reconocer que parte de su fuerza y su belleza está en reconocer, abrazar, amar e integrar a la anguila de aguas pantanosas y apestosas que vive en ella (oscuridad, la llaman algunos) y dejarse enseñar por ella.

El emperador y la reina se ven de igual a igual.

Con amor y gratitud,
Judith 🌷

Photo by William Krause on Unsplash

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