134 de 365 / Extravagancias 7 /La cuna

Después de publicar el día 135 tomó forma otra idea que estaba apenas esbozada y pensada para más adelante. Pero me parece que este es su lugar.

Recordé que, cuando los gemelos tenían alrededor de 3 años, cambiamos sus cunas por camas individuales. Una de las cunas se la pasamos a una prima que vino a recogerla un día por la noche. Cuando se alejaba la camioneta con la cuna, su antiguo dueño empezó a llorar desconsolado. Su cuna, se llevaban su cuna.

Estoy segura de que ese llanto nos desconcertó a todos. Ahora tenían camas nuevas, más grandes, más adecuadas para ellos. Supongo que durante el proceso del cambio de cuna a cama nadie percibió cómo se sentía el niño o tal vez ni siquiera él sabía cómo se iba a sentir al ver a su cuna alejarse definitivamente. Lo abrazamos y lo consolamos como pudimos. Nos dio risa, pero no en son de burla, sino por la ternura y creo que por el desconcierto ante su reacción, quién sabe cómo habrá interpretado nuestra risa ese nenito.

Junto con esta memoria recordé no sé si de un libro o una imagen la importancia de dar su justo valor a las pequeñas o grandes penas de los niños y el ejemplo era la muerte de una mascota, suceso ante el cual se sugería evitar comentarios del tipo: “solo es un perro, te compraré otro”, sea porque no sabemos qué otra cosa decirle para consolarlo o porque realmente así vemos la situación.

Aquí y ahora Jardín de Meteoros es mi cuna, mi perrito. ¿Por qué? Tengo varias hipótesis. Una de ellas me lleva a dos preguntas: ¿qué sucede si a lo largo de mi vida no le he dado su lugar ni la importancia debida a los sentimientos que despiertan en mí mi cuna, mi perrito, mi Jardín de Meteoros? ¿Qué sucede si no he desahogado mi tristeza por su pérdida ni me he sentido en un ambiente seguro para externarla o he sido juzgada con severidad al hacerlo, porque los demás e inclusive yo misma hemos pensado que es una tontería que no tiene ni la importancia ni comparación con x, y o z? Me parece que, muy probablemente, seré de los adultos que le digan a los niños, a otros adultos, a mis hijos, a mi niña y adolescente interiores, a Judith del presente: “déjate de estupideces eso no es importante. No seas ridícula. Dale carpetazo y adelante. Así es la vida. No me fastidies. Ya supéralo” aunque cinco minutos antes haya cerrado el libro que dice que es importante darle su justo valor a las pequeñas o grandes penas de los niños.

Con amor y gratitud,
Judith 🌹

 

Photo by Matthew Henry on Unsplash

 

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