130 de 365 / Extravagancias 3

Continúa lo que escribí el 10 de noviembre. Si he pasado días sin publicar nada, ¿porque no podría hacer varias publicaciones en un solo día? Va. Y tiene dedicatoria para quien ya sabe 😉 aunque tal vez no será lo que esperaba. Es lo que hay 😘

Después de unas semanas de hacer cosas extravagantes, bueno, algunas no lo son tanto, simplemente son cosas diferentes a lo que hago usualmente, y de disfrutar la inexplicable dicha que me producía y, todavía lo hace, la versión 2018 de Jardín de Meteoros (sí, ya sé, esto es verdaderamente… no sé ni que adjetivo usar, pero es lo que hay, y probablemente escriba más adelante sobre el particular, pues es toooodo un tema), empecé a experimentar una inmensa tristeza.

Esta semana hubo dos días en los que no pude parar de llorar. Llorando saqué adelante varias cosas que tenía que hacer. Era un llanto simplemente inevitable, acompañado de una versión menos dolorosa del dolor en el pecho que tuve cuando sucedió mi separación, pero no por eso menos presente y real.

Hace meses que no me sentía así.

Tengo la impresión de que esa tristeza se me empezó a colar por la dichosa prenda que mencioné el día 128. En algún momento, hizo su efecto el comentario que nunca fue externado de esa persona querida y me empezaron a rondar mil cosas por la mente: “estoy fuera de lugar, ya no tengo edad para algunas cosas, cuándo voy a madurar, ese encanto por Daoming Si y su superculera historia de amor, invitar señores a tomar café, todas esas cosas tan mías como los estúpidos 365 días que ni siquiera he escrito a diario, por qué y para qué estoy dándole lugar a las extravagancias, qué quiero demostrar, a dónde quiero llegar, a quién estoy engañando, …”.

Sentí que todo perdió su lugar y su poder y quedé solo yo, sin nada más, sin confianza, sin seguridad, sin nada. Bueno, en realidad nada de lo que antes mencioné perdió su poder, al contrario, se convirtió en una poderosa fuente de dolor, particularmente Jardín de Meteoros, verla, recordarla o escuchar su música y llorar con absoluto desconsuelo eran, incomprensiblemente, una sola cosa.

Nada de mi kit de supervivencia me estaba funcionando, no sabía qué hacer y definitivamente no comprendía lo que me pasaba, me limité a permitir que el llanto y el dolor físico siguieran su cauce. Logré cierta tranquilidad, pero sin mucho éxito. La ansiedad que me generaba, no tanto el llanto como el malestar físico, llegaron a un punto intolerable que, la mera verdad, no sabía ni cómo manejar. Nada, nada me consolaba, todo lo conocido y amado me generaba más ansiedad y tristeza.

Creo que nunca me sentí así o tal vez, por miedo, nunca me permití escuchar y observar mi propio dolor con toda su crudeza, de alguna manera aprendí a anestesiarme, no sé; aunque, esta vez, había algo diferente, nada lograba distraerme o evadirme del trago amargo.

Con amor y gratitud,
Judith 🌹

Photo by ORNELLA BINNI on Unsplash

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