108 de 365 / Felices para siempre

He pensado en lo que era el regreso a casa después del trabajo mientras que estaba casada. Casi me atrevería a expresarlo en plural, pero como nada me consta, lo haré en primera persona.

El trabajo en la docencia es muy desgastante, usualmente yo llegaba agotada, pero tenía tiempo para recuperarme y hacer diversas actividades. Al llegar mi exmarido yo estaba a punto para ponerme al día con los pendientes extraescolares que tuve absolutamente siempre. Él llegaba con la necesidad de recuperarse de una larga jornada de trabajo. Nuestro estado de ánimo y agendas no coincidían en lo más mínimo y, a decir verdad, a esta hora del día solían suscitarse algunas discusiones irrelevantes por razones francamente tontas que se incrementaron con el paso del tiempo y que creo que tuvieron el efecto de la bola de nieve. A partir de esta realidad he llegado a varias conclusiones.

La responsabilidad del propio bienestar es personal, sin embargo, yo tenía cierta expectativa de que la sola presencia de mi expareja me lo proporcionara; eso ni hablar, de que un hombre no puede llegar cansado a su casa, ¡es hombre! (sí, ya escribí algo previamente, antes verlo muerto que desmontado del caballo blanco).

Me faltaba la madurez necesaria para asumir la responsabilidad de mi propio bienestar y para identificar las condiciones y tiempo idóneos para estar recuperada, además, del diálogo necesario para llegar a acuerdos que respetaran nuestro espacio y necesidad de recuperación. Curiosamente, esto es algo que sí se ha dado casi naturalmente entre mis hijos y yo, simplemente respetamos nuestro espacio, pero con el marido era otra cosa, pues había otro tipo de “obligaciones” más implícitas y supuestas que dialogadas.

Y justo ese es otro punto: el diálogo, en primera instancia conmigo misma, escucharme, hablarme, conocerme y, en segunda, con la pareja.

Creo que durante el matrimonio yo seguía teniendo la misma expectativa que durante el noviazgo, vernos algunas o muchas horas al día felices, arregladitos y sin más compromiso que estar uno para el otro y después, descansar, tomar aire y continuar. El nivel de madurez personal y como pareja que exige una vida en común es, obviamente, mucho más exigente que el que se tiene cuando cada uno vive aparte, pero ni siquiera lo vi venir, ¿no se supone que al casarse serán felices para siempre, así sin más ni más? 

Así sucedió, así debió ser, era lo más que podía hacer en coherencia con mi nivel de consciencia. Y está bien. Hoy tengo la perspectiva para verlo y compartirlo, tal vez pueda ofrecer alguna luz a alguien más.

Con amor y gratitud,
Judith 

Photo by Jens Lelie on Unsplash

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