Día 103 de 365/ Tobi

Mi vida en cuentos de hadas, este es el primero.

Había una vez una princesita cuyo tío, el rey del reino vecino, tenía por mascota un dragón que le hacía compañía, le encendía las chimeneas, las fogatas durante las excursiones y las posadas de fin de año y los cigarrillos.

Estando cercano a su muerte, ofreció a la princesita cualquier cosa de su reino que ella pudiera desear, ella le pidió al dragón; él rió divertido ante tal petición pues, aunque poseía tesoros de incalculable valor, ella eligió a Tobi. Él accedió a su petición.

Al morir el rey, la princesa fue por el dragón que se convirtió en su compañero de juegos, estudios, paseos y travesuras. Aunque el dragón no era joven, creció con la princesa.

Llegaron días oscuros, pero la princesa no temía, pues sabía que el dragón estaba siempre incondicionalmente a su lado.

Uno de aquellos terribles días, llegó a oídos de la princesa que una dama se encontraba en graves apuros, había desaparecido y se temía lo peor; la princesa se ofreció a ayudarla y los consejeros del palacio le dijeron lo que ella ya intuía con gran pesar: la única posibilidad que podría tener éxito era enviar al dragón en auxilio de la dama.

La princesa necesitaba a su compañero, sin él quedaría completamente desprotegida, pero pensó que tal vez esa era la misión más importante del dragón, posiblemente había llegado hasta ella para que pudiera saber del apuro de la dama y fuera enviado a salvarla.

Así pues, le pidió a Tobi que rescatara a la dama, le dijo que sabía que era mucho más que una mascota y un excelente avivador de fuego y que, si era necesario, por el bien de la dama, que se quedara con ella.

Ambos, a su manera, lucharon una feroz batalla en los siguientes meses. Ella aprendió a confiar en sí misma tanto como confió en que el dragón era mucho más de lo que aparentaba ser. Y lo logró.

Un día llegó a sus oídos la noticia de que la dama había vuelto a su hogar y se alegró profundamente por la decisión que había tomado.

Una fresca mañana, durante un paseo por el bosque, sintió una presencia junto a ella, a su lado derecho, una presencia hermosa, fuerte, poderosa, alegre, juguetona y muy amorosa, al voltear descubrió a su maravilloso dragón que no solo había crecido, sino que tenía hermosas alas tan blancas y brillantes como el resto de su cuerpo. Lloró de alegría ante un encuentro que creía imposible.

Se miraron largamente a los ojos, ella comprendió que la dama iba a estar bien, no necesitaba al dragón y, para su asombro, descubrió que ella tampoco lo necesitaba, pero que, desde su mutua libertad, se elegían como amigos y compañeros para ayudar a quien lo pudiera necesitar.

Con amor y gratitud,

Judith

Photo by 小胖 车 on Unsplash

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