Día 91 de 365 / Malteada de chocolate

Los últimos días no han sido nada fáciles, pero sí de aprendizaje (no podría ser de otra manera), mucho del cual todavía no he procesado o comprendido del todo.

Tengo una natural tendencia al perfeccionismo, así he sido toda mi vida, por razones que apenas voy empezando a comprender, pero que me lleva hasta límites que definitivamente no son saludables.

Aunado a esto, ando por la vida con la creencia de que de una manera u otra podré hacer las cosas yo sola; honestamente lo creo y, muchas veces así lo deseo, sea por el placer que me reportan o por tener todo bajo control (otro detallito por ahí ) y ni hablar de mi dificultad para reconocer, aceptar o siquiera ver (porque en verdad no me doy cuenta), el momento en que necesito ayuda y que reconozco hasta que ya no puedo más.

¿Y qué tal el autosabotaje de mi propia felicidad por la ferocidad de mi juicio contra mí misma?

¿Y el “matarme” a mí misma con exceso de trabajo y exigencia hasta llegar al punto de apagarme por completo y no encontrar ni gozo ni placer en nada? Podría ser miedo a la muerte, me sugirió mi maravillosa terapeuta.

Me hace sentido. A pesar de que tiempo después de la muerte de mi madre supe que hubo personas que se atrevieron a afirmar que a mí y otras personas de mi familia no nos había importado, después de 21 años, su agonía, muerte y ausencia siguen resonando en mi vida. Su muerte a causa del cáncer y el doloroso proceso vivido es una experiencia que me ha tomado años asimilar y mejor voy admitiendo que es un duelo no resuelto del todo o no terminaré de cerrarlo nunca.

Hoy vinieron a mi mente las palabras de mi terapeuta cuando recordé un pensamiento muy sutil, como en un segundo plano, al que no hago caso, pero que viene a mi mente cuando toco fondo: si en este momento muriera o supiera que tengo una enfermedad terminal no me importaría, estaría lista. Esta creencia tiene su lógica: si estoy como muerta en vida, ya no hay más muerte posible…

Alto aquí.

Es demasiada información en proceso. Todavía no puedo pronunciarme respecto a nada, sin embargo, sí he tomado dos decisiones: estos 365 días continuarán, tarden el tiempo que tarden, si para escribir 365 días requiero de dos años, perfecto, que así sea, pero escribiré desde el bienestar y desde la vida, tal y como empecé a hacerlo.

Segunda decisión: aceptar o incluso, con toda intención, sembrar imperfecciones en mis escritos como signo de que soy humana, estoy en proceso de aprendizaje en esta vida y de que quiero tomar a la imperfección, mi imperfección que juzgo con tanta crueldad, como maestra.

Por lo pronto, esta entrada se llama malteada de chocolate por una que disfruté el martes antes de mi terapia y porque no tiene nada que ver con lo que escribí  y resistiré la tentación ¡ay!, de cambiarle en el blog el número al día 890 + 1 de 365 que en realidad debió ser 90 + 1, aunque siento escalofríos solo de pensarlo 

Con amor y gratitud,
Judith 

Fotografía: Flavio Shibata

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