Día 74 de 365 / Amor incondicional

La delicia de esta noche, el canto del grillo, el murmullo de la plática de mis hijos.

Mis hijos.

A nadie he querido con la incondicionalidad con que los quiero a ellos. Durante el embarazo me admiraba poder amar tanto a un par de personas de las que no sabía absolutamente nada y sobre las que no generé ninguna expectativa, así como suena, ni siquiera quisimos saber si eran niños o niñas pues nuestro amor por ellos no aumentaría ni disminuiría por eso; ahora sé un poco más de ellos y, sin embargo, los sigo queriendo de la misma manera.

No sé nada sobre las relaciones de pareja, ni lo que funciona o no funciona, nada. De hecho, temo hacerme una idea y generar expectativas. Escucho y leo tantos comentarios, experiencias y publicaciones tan diferentes entre sí.

“Mereces alguien que te ame sin reservas, que baile, no porque le guste, sino para complacerte, que te mire como si fueras una estrella, que te acepte sin reservas, que sepa planchar y te despierte con el desayuno preparado”.

“Si me he de casar, será con un hombre que tenga tales cualidades, que haga las cosas de tal manera y con estas condiciones, ¡ah!, y que me acepte tal y como soy ”.

Todo muy bien hasta que se me ocurrió plantealo en primera persona, ¿estaría yo dispuesta a amar de esa manera, incluso sacrificando lo que es valioso o importante para mí para darle gusto? ¿Haría cosas que no me gustan o desagradan por él?

Con todo el camino recorrido, la paz y el bienestar conquistados en estos años me parece que no y tampoco me atrevería a pedirle eso a nadie, ¿cómo pedir lo que no estoy dispuesta a dar?

¿Lo aceptaría incondicionalmente? ¿De verdad? ¿Así como me gustaría ser aceptada?

Hoy que escuchaba complacida el murmullo mis hijos me pregunté qué sucedería si lo amara ya, desde hoy, sin haberlo conocido, sin saber nada de él, antes de que “se lo merezca”, sin expectativas, sin controlar nada desde antes de que suceda, con esa absoluta incondicionalidad con que amé a mis hijos antes de conocerlos y con la certeza de que nada ni nadie sucederá en mi vida que no sea para mi más alto bien, esperando ser sorprendida por el Amor que me amó desde siempre y lanzándome a la aventura de no tener certezas ni seguridades, en la más completa vulnerabilidad… pero, ¿acaso no es así siempre? ¿No será que nuestro pretendido control del otro y de la relación de pareja no es más que una ilusión?

No lo sé.

Con amor y gratitud,
Judith 

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