Día 61 de 365 / El abrazo

Ayer me atreví a enfrentar un tabú. La paz que me proporcionó me pide justamente eso, quedarme en paz y dejar que la información se asiente, eso me dificulta un poco escribir hoy, de hecho, preferiría no hacerlo.

Sin embargo, escribiré una cosa extraña que iba a ser parte del texto de ayer, pero que finalmente descarté porque no logré resolverlo. Veamos si hoy es su día.

Unos meses después de mi separación, cuando empecé a salir adelante y creía que todo iba cada vez mejor, empecé a experimentar una añoranza, anhelo, nostalgia, dolor, deseo, ansiedad y no sé que más, por un abrazo. Pero no el de una amiga o un familiar, sino el de un hombre que estuviera ahí para mí, para confortarme, para ponerle un límite a mi tristeza y enojo, a mi cansancio físico, a la confusión y a las situaciones no resueltas que parecían expandirse infinitamente. Un abrazo, eso era todo lo que quería, un abrazo que me pudiera contener totalmente sin derrumbarse, sin miedo, sin sobresalto, compasivo, amoroso, con una valentía absoluta, a prueba de una persona en mis condiciones.

A ese deseo se unía un recuerdo del abrazo de mi exesposo con un suéter que no era particularmente significativo para mí. Creo que más que un recuerdo, es como una memoria en la que se integran todos los abrazos que llegó a darme, es algo así como la memoria de un abrazo de un hombre para mí en el contexto de una relación de pareja. Me parece que es algo como esto porque ninguna vez he visto su rostro en esta memoria, solo el pecho, los brazos abiertos listos para recibirme y ese suéter que me parece que significa calor, protección de la intemperie, suavidad, seguridad.

El anhelo del abrazo y esta memoria (o lo que sea), parecían ser parte de un ciclo del que no podía salir: desear y recordar lo perdido, desear y recordar lo perdido…

No recuerdo cuándo ni cómo viví un repentino ¡eureka! Ese abrazo que yo deseaba estaba ahí para mí, actualizándose cada vez que lo añoraba, en realidad, no era algo que me faltara, era algo que ya tenía, es algo que ya tengo. Estrictamente no es algo que haya perdido, pues cada abrazo recibido a lo largo de tantos años de matrimonio ya es mío, ya es parte de mí, ya lo tengo, es una memoria, una vivencia registrada en mi mente, en mi corazón, en mis células.

Tal vez, lo que sucedía era algo diferente: yo deseaba un abrazo y esa memoria de El abrazo de un hombre se manifestaba para expresarme que ahí estaba, que no había perdido lo que alguna vez tuve. Gradualmente, la paz volvió a mí. Esto lo viví como un descubrimiento y es una de tantas experiencias que me han llevado al convencimiento de que la manera de ver las cosas puede ser decisiva.

Obviamente, jamás reemplazará a la experiencia real del abrazo, y lo sigo deseando, pero más desde la paz que desde el vacío, la carencia, el dolor o la pérdida, lo percibo unido a ese deseo de un hombre a mi lado, que ha sido depositado en mi corazón desde siempre por el Amor que me soñó en compañía.

Con amor y gratitud,
Judith 

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