Día 44 de 365 / ¿Buena o mala? 2

¿Es bueno o es malo? ¿Ganar o perder? ¿Éxito o fracaso? ¿Amigo o enemigo? ¿Día o noche? ¿Luz u obscuridad? ¿Bonito o feo? ¿Acepto o rechazo? ¿Aceptada o rechazada? ¿Feliz o cualquier otra emoción concebida como opuesta? ¿Amable u odiosa? ¿Bonito o feo?

Así, sin medias tintas, era mi concepción del mundo: o es bueno o es malo. Intelectualmente yo creía otra cosa, pero no era así y lo supe, hace tres años, cuando uno de mis maestros me hizo tomar consciencia de que la mayoría de mis preguntas se resumían en una sola: “y eso, ¿es bueno o es malo?”

Posiblemente, esa firme creencia de los absolutos venía desde mi infancia, los psicólogos lo sabrán mejor, y, en mi caso particular, fue reforzada por el contexto religioso en que me moví casi toda mi vida. La luz tenía que ver con el bien y con Dios; la obscuridad con lo malo y el demonio; no había más.

Por dar algunos ejemplos, confieso que llegué a cuestionarme sobre la maravilla de la noche, ¿acaso no estaba Dios ahí? Pero, la obscuridad… No cabía en mi cabeza. ¿Y todas esas frases sobre la luz y la sombra? ¿Y el yin y el yang? No podía concebirlos sin ese matiz, a veces consciente, a veces inconsciente, de absolutos: bien y mal; en el fondo les temía porque no entendía y jamás publiqué o compartí nada que tuviera que ver con eso hasta fechas muy recientes.

Estas creencias me tenían sumida en un miedo que se desató en aquel curso. Encontrar algo de paz me tomó meses y hasta hoy puedo decir que la búsqueda de un alivio para ese miedo me llevó a descubrir luz, únicamente luz, la que soy, la que me habita, la del Amor Incondicional del Creador de Todo lo que Es.

No niego la existencia del mal, pero he comprendido que tener características negativas o semillas de mal, es decir, la posibilidad real de elegir ser mala, no es en sí mismo una falla, es verme completa, es reconocer lo que sería capaz de hacer y elegir no hacerlo.

Hoy reflexionaba en la pesada carga que traía sobre mis hombros, que me impedía avanzar, crecer, crear, amar, aceptarme y, como consecuencia, aceptar a los demás, sin miedo, sin culpa, sin odio: una mirada inquisidora, heredada muy probablemente de mis propios ancestros y que ha llegado hasta mí como sombra para traerla a la luz y dejar que se disuelva por sí misma en la mirada amorosa de Aquél que no puede mirar de otra manera.

Con amor, profunda gratitud y en libertad,
Judith

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