Día 20 de 365 / Malestar

Ayer por la noche, mis hijos y yo presenciamos una situación desagradable en la calle que me detonó un malestar que hace mucho no tenía y que me ha hecho poco fácil decidirme a escribir hoy.

Ese evento me llevó a contactar con el sufrimiento de otras personas y le dio vida al ya viejo pensamiento–sentimiento–sensación incómodo, doloroso e inexplicable de que cualquier cosa mía es nada en comparación con dicho sufrimiento. Y volví a escuchar esa voz en mi cabeza: “tú en tu mundo, mientras la humanidad, allá afuera, en el mundo real, sufre”. En su conjunto, es un “algo” aplastante que me hace sentir nada o muy poco en comparación y, como era de esperarse, esa voz dice todo lo que tiene que decir: “y tú, como siempre, escribiendo tonterías y, peor aún, publicándolas”.

Experiencias como esta, vividas una y otra vez, llegaron a hacer estragos en la prehistoria de mi vida; fueron una de las razones por las que tiré mucho de lo que escribía y por las que terminaba descalificándome a mí misma, a lo que hacía y lo que dejaba de hacer; en tales condiciones, la puerta a la depresión quedaba abierta de par en par.

En algún momento de mi proceso de sanación comprendí que esa sanación no era solo mía ni solo para mí, entendí que, sin saberlo, estaba haciendo mi parte: prender una luz, mi luz y que mi misión es mantener esa luz encendida; no más y no menos.

Y si, desde ayer, yo tenía que contactar con ese “algo” tampoco es casual. Después de que logré cierto nivel de bienestar respecto a nuestra separación con mi exesposo se han venido presentando, en interesante cascada, situaciones muy similares a las que viví en otras épocas de mi vida; en un primer momento, me pareció profundamente decepcionante, ¿de qué había servido todo lo que había hecho? Otra vez, la misma con lo mismo; hasta que comprendí que si se repetían era porque yo no había aprendido lo que tenía que aprender.

Afortunadamente, hoy cuento con algunas herramientas y una llamita de luz para, con gran ternura, pedirle permiso a mi ego e iluminarlas con amor.

Con amor y gratitud,
Judith

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